Esa pérdida y esa falta con que viviremos o moriremos le llamamos, a veces, querer y, otras veces, amar. Todo lo que hacemos o haremos con voluntad o no conlleva la esperanza de recobrar aquella felicidad original, pero que quizás ya no regrese a nosotros como un estado permanente y duradero, sino en forma subliminal o de modo ilusorio como fragmentados en esporádicos momentos y contados instantes.
Pero hay hombres que trabajan mucho para que los quieran más. Hay hombres que bailan muy bien para que los quieran más. Hay hombres que juegan como nadie para que los quieran más. Hay hombres que luchan como héroes para que los quieran más. Hay hombres que dieron la vuelta al mundo para que los quieran más. Hay hombres que fueron a la luna para que los quieran más. Hay hombres que cantan como dioses para que los quieran más. Hay hombres que escriben maravillas para que los quieran más. Hay escritores que escriben obras prodigiosas para que los quieran más sus lectores.
Pero hay hombres que, como Gabriel García Márquez, escribieron sólo “para que los quieran más sus amigos” y vaya que lograron con creces, tal como soñara y quería el inspirado poeta Vicente Huidobro, que consideraba un pequeño dios al verdadero creador como fue el Gran Gabo, que partió hoy muy querido por todos y nos dejó huérfanos en este mundo poblado de sus adoradores.
Gilberto Ramírez Santacruz
Buenos Aires, 17 de abril de 2014.