Rafael Luis Franco (frarafa@gmail.com)
Entre las costumbres occidentales, y en nuestro país sobre todo, hay una establecida, que es la de heredar automáticamente el prestigio de nuestros ancestros, así es habitual de ver que se presenten en las reuniones al nieto de fulano, al tataranieto de mengano, etcétera; cuasi un título “nobiliario”, con el que muchos se sienten cómodos, orgullosos y orondos, a la vez que no falta el pícaro que suele aprovechar tal circunstancia, en provecho propio claro.
Así, el descendiente del prócer recibe imaginariamente una transmisión de méritos que en el fondo nada hizo para merecerlos, ya que generalmente en el noventa y nueve por ciento de los casos de parecido solo lleva el apellido. Y en caso contrario, si el ascendiente fue una persona nefasta, un cruel tirano o dictador, un asesino serial, etc., la fama de aquel, en gran medida, también recae sobre su descendiente, aunque claro aquí, por vergüenza, suelen muchas veces cambiarse el apellido, así que estos son difíciles de detectar.
Pero en la cultura oriental es distinto, es al revés. Si el ascendiente fue un prócer, su descendencia está obligada moralmente si no a comportarse igual por lo menos no dejar malparado a su antecesor, ya que las macanas que este haga van en desmerecimiento del ilustre prócer; de la misma manera, si el antepasado fue un criminal, su descendiente con sus actos puede modificar el concepto que aquel dejó en la sociedad.
La prosapia no hace a una persona noble, sí lo hace su conducta.